Oficios del desencanto 
 

El frágil territorio en que las relaciones personales se desarrollan se presenta a través de las figuras metafóricas de unos supuestos oficiantes que operan sobre nuestras ilusiones, culpas o propósitos. De este modo se visualizan las fuerzas sordas que animan nuestro alma y que lo mueven desde la culpa a la esperanza, de la alegría a la melancolía, en la búsqueda de sentido a la extraña experiencia que hemos dado en llamar vida.
 
Este afán ciclotímico es acompañado y conducido por estos personajes del desencanto, que en parte materializan nuestra inefable y múltiple conciencia, en parte dan forma a la agónica interacción con los otros, ese infierno cotidiano. 
 

El aguador de fiestas, el cazador de esperanzas, el sembrador de dudas, el estadista del amor y el atribuidor de sentido nos caompañan en nuestra búsqueda de asideros que nos conduzcan en nuestra existencia, alimentando nuestras íntimas inquietudes y dudas, haciéndonos cuestionar el fin de nuestro obrar y el sentido de nuestras alegrías.  

Este proyecto, inscrito dentro de la línea de acción de La Mutua Artística "Van a por nosotros", pretende ilustrar el frágil equilibrio entre lo personal y lo social mostrando cómo los otros, ilustrados a traves de estos oficios del desencanto, están al acecho para enfatizar y predisponer nuestros anhelos.  
 
Pertrechado con su hatillo de lecturas, libros subrayados, cuadernos de notas, incluso, registros sonoros de conferencias esenciales, donde la filosofía convive con la gramática y la antropología con la historia, el sembrador de dudas busca con desesperación la comprensión del mundo.  
 
Pero su naturaleza inquisidora y su necesidad de certezas absolutas le condena a la parálisis de la duda sistemática. Condena que vive como tal, pues ansía encontrar respuestas, pero éstas sólo le llevan a otras cuestiones y así hasta que una recurrente espiral le paraliza en la inacción.  
 
En ocasiones, a veces sin tan siquiera reparar en ello, riega su cuestionamiento radical del mundo sobre las certezas cotidianas del otro, haciéndole dudar sobre si las pequeñas decisiones cotidianas tomadas o las actitudes detectadas en el otro en la convivencia diaria son las correctas, llevándolo así desde la zozobra del obrar cotidiano a una indecisión duda más profunda de carácter existencial, a un especie de soledad cósmica de la incertidumbre.